Desde la mentira cliché del esposo diciéndole a la esposa que el vestido le queda bien aunque él realmente no lo crea, hasta la mentira cotidiana de contestar “¡Bien!” cuando se te pregunta “¿Cómo estás?” cuando realmente te sientes fatal, tal parece que es inevitable mentir a lo largo de nuestras vidas. De hecho, este tipo de engaño se considera parte de la naturaleza humana. Tanto es así, que desde los tres años de edad nos damos cuenta de los beneficios de mentir y empleamos esta técnica para liberarnos de problemas.

Un estudio encontró que el adulto promedio miente 13 veces por semana. Estos resultados son cónsonos con lo que encontró DePaulo en su estudio con 147 personas entre las edades de 18 a 71 años, en donde se concluyó que las personas mienten una o dos veces por día. También se encontró que mentimos en una quinta parte de las conversaciones que duran más de diez minutos.

La frecuencia con la que mentimos exige investigar por qué lo hacemos. Existen múltiples razones que nos motivan a apartarnos de la verdad e ir en busca de una realidad alterna en la que, por ejemplo la razón más primitiva, nos exima de un castigo. Con el paso del tiempo vamos refinando las mentiras y sus beneficios.

Un estudio pudo demostrar que la precisión y la pericia al mentir mejora en la niñez, llega a su punto más alto en la adultez joven y luego declina durante la adultez. Los investigadores explican que esto sucede por la demanda cognitiva que conlleva mentir. Cuando mentimos tenemos que llevar cuenta de las dos historias, la real y la falsa, por lo que huimos de ese esfuerzo mental.

Sin embargo, los beneficios sociales que obtenemos al mentir, en ocasiones valen la pena dar la milla extra en relación a ese esfuerzo mental. Por ejemplo, las mentiras blancas que se caracterizan por ser aparentemente inofensivas y se usan para no herir los sentimientos de otras personas. Comparamos el beneficio que se obtiene (salvaguardar los sentimientos alguien) versus los daños de decir la verdad y así justificamos la mentira. Aunque en realidad lo que estamos salvaguardando es el seguir siendo agradable a esa persona.

También están las mentiras sociales que se usan cuando estamos conociendo a otra persona. La otra persona no nos conoce así que podemos adornarnos para parecer más atractivos. Si te recuerda el proceso de entrevista de trabajo o las pláticas en citas románticas, no es casualidad.

El discurso social va dirigido a que siempre es mejor decir la verdad. Pero en la práctica, la misma sociedad ofrece recompensas al engaño. El estudiante que no realiza la tarea porque se le olvidó, ¿cómo tiene menos oportunidad de ser castigado severamente, diciendo la verdad o diciendo que un familiar estuvo hospitalizado la noche anterior?

Estudios han concluido que en las relaciones de pareja al menos el 85% le han mentido a su ‘persona especial’ durante el noviazgo. Aunque, como señala DePaulo, el matrimonio te ofrece cierta protección a que te mientan. Cónyuges reportaron que sólo mienten en un 10% de las interacciones con sus parejas. Desafortunadamente, en ese 10% están las mentiras más grandes (profundas faltas de confianza, engaños) y devastadoras.

Por una parte, mientras más cercanos somos a la persona más altruistas se vuelven nuestras mentiras. Sin embargo, si la confianza está en tela de juicio, el interés propio se adueña y el altruismo se va por la ventana.

Existen diferencias entre las mentiras de los hombres y las mujeres. El hombre miente en relación a sí mismo y emperifollar su persona para verse mejor ante los demás.  En cambio, la mujer está más dirigida a mentir para velar por los sentimientos de los demás.

En definitiva, por más altruista que parezca la mentira, la ganancia es personal. Si en ese transcurso se logra salvaguardar los sentimientos de la otra persona, ¡excelente! Es decir, aun cuando velamos por no herir a otros, estamos primordialmente velando nuestra imagen ante los demás. Del mismo modo, no sólo los manipuladores llenos de mucha astucia para conseguir lo que desean son los que mienten. Cualquier persona con suficiente presión o incentivo lo puede hacer.

Todos hemos mentidos. Nadie está exento a mentir. Probablemente tú que me lees, mentirás en las próximas veinticuatro horas.

Anuncios