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¿amas como deberías?

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Criar hijos es una tarea muy fácil… ¡sí, claro!

La realidad es que, aun sin hijos, con frecuencia personas me cuentan maravillas de sus criaturas, de cómo son un regalo de Dios y la forma en que sus vidas han cambiado de manera fabulosa desde el nacimiento de sus retoños.

Sin embargo, cuando me preguntan si yo tengo hijos y les digo que aún no soy papá, me miran con alivio y sueltan un “¡nene quédate así!” Algo confuso, ¿no?

Debo ser justo, y es que, por lo que veo en el cotidiano e inclusive la literatura lo respalda, tener hijos da una sensación agridulce. Dulce por la grandiosidad de ser padre o madre. Agrio por los sacrificios y lo dificultoso del proceso de crianza.

Blake Berryhill con un grupo de compañeros se dedicó a investigar estos procesos familiares y los resultados que obtuvieron muestran cuánto impacto puede causar la llegada de un nuevo integrante a la familia.

Con una vasta muestra de 1,778 individuos, se evaluó la asociación entre infantes percibidos con emotividad negativa, el estrés en los padres y la calidad de la relación de pareja.

Los padres y madres que reportaron a sus infantes con emotividad negativa (entiéndase infantes que no se adaptan con facilidad, ej. llora frecuentemente) a la edad de un año, tuvieron mayores niveles de estrés cuando el infante tenía tres años.

Los padres y madres que tuvieron estrés cuando su infante tenía tres años de edad, reportaron niveles más bajos de calidad en la relación de pareja cuando el infante tenía cinco años.

Por lo que la percepción de infantes con emotividad negativa es un predictor del estrés en los padres al igual que el estrés en los padres predice bajos niveles de calidad en la relación de pareja.

Es interesante señalar que cada individuo se identificó con estrés a sí mismo pero no reportó percibir estrés en su pareja. El autor explica que esto se debe a que, por el origen del estrés (su hijo), los padres y madres tienden a cargar ese estrés sólo a nivel cognitivo y no comportamental.

Doy un paso más allá y me atrevo a añadir que quizá es en esta falta de verbalización de sentimientos que se genera la pobre calidad en la relación de pareja posteriormente.

Siendo la percepción de los padres sobre la emotividad negativa de sus infantes el propulsor de lo que se convierte más adelante en problemas en la pareja, habría entonces que trabajar con esa percepción.

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Ver la teoría ABC de Albert Ellis para más información sobre el proceso psicoterapéutico.

En una terapia cognitivo-conductual, por ejemplo, se intentaría cambiar la forma en que los padres interpretan la situación con su infante. Sustituir pensamientos de “¡qué mucho llora!” por unos de “con paciencia voy a ver qué quiere” o “esto es una etapa, todo va a mejorar” podría cambiar el futuro de la familia.

Claro, es más fácil dicho que hecho, pero tomando en consideración los daños a largo plazo que produce el mantener silencio y no tomar acción o buscar ayuda, vale la pena intentarlo, ¿no?


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